lunes, 20 de marzo de 2017

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EL LORO CONTANDO EL CHISTE DEL LORITO

Al detective lo visitan todas las noches. Llegan como si fueran tías ajenas un día después de su cumpleaños. Le traen regalos porfiados. Reyes magos que le dejan malos dones. Unos guantes de box que le arruinarán la vida luego de 6 peleas todas perdidas y un rostro monstruoso para esa rubia que lo abandona en un remís. Un caballo negro frenético robado a Gómez, el granjero, y dos tiros en la espalda. El tatuaje de una duenda hermosa que un día se ahogará en un desagüe. Cosas así. Cosas como esas.
Un hueso de ratón mordisqueado. Un patio al que no se puede regresar. El detective los apila, uno arriba de otro. Para él son pistas, solo eso. Datos descifrables. La tanguita fucsia de una piba violada en las montañas de basura. Las tías toman té, un té nocturno. Y le hablan de lo difícil que es ser tías en las épocas que corren, tan esquivas. Revuelven el té como si fuera sopa. Y tejen algo inentendible. El peor de todos los regalos, piensa el detective. Y las tías revuelven la sopa y tejen y le cuentan de épocas mejores y el detective trata de descifrar, de escuchar diagonalmente, de no caer en la trampa. De no escuchar al loro contando el chiste del lorito. El detective encuentra algo ahí. Una tía vuelca la sopa y las letras se acomodan en el piso y el detective lee: GIL.

Las tías ríen como locas y la noche se retuerce.  

jueves, 22 de diciembre de 2016

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VERSIONES DE LO QUE ESTÁ OCURRIENDO

En una de las versiones de lo que está ocurriendo el detective pasa 15 días con sus noches sin salir de la pieza del hotel París. Dialogando con una araña y una mosca. A ver quién se come a quién esta vez. Acostándose con la petisita tuerta que va a regar una plantita raquítica pegada a la ventana. El detective pasa todos esos días mirando las fotos del lugar: esas con casitas bajas y gallineros. Con perros mutilados escarbando en la basura. Con duendas que se ahogan en un desagüe más allá de los pastizales y poco más acá de la ruta que pierde el tiempo hacía el oeste. Como si fueran satélites que le bajan información. Como si leyera la historia en la sopita de letras que se enfría.

Pero en otra de las versiones de lo que está ocurriendo el detective sale, el detective es un depredador nostálgico que averigua direcciones, patea puertas, extorsiona enfermeras y con el arma adecuada espera el momento adecuado en un pasillo de hospital, a metros de donde el perro del diablo convaleciente se recupera de un balazo. 

sábado, 17 de diciembre de 2016

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AHORA O NUNCA

El detective se despierta súbitamente como si lo hubieran tocado con un dedo filoso. La araña, negrita y culona, una novia de la juventud, camina hipnótica por la pared hasta llegar a la ventana. Ahí se queda. El detective se levanta, corre la cortina y en la vereda de enfrente la ve: una vieja intensa, desnuda o vestida con trapos, una vieja desnuda y harapienta. La vieja lo mira. Ojos de pescado frío. La vieja levanta un dedo para señalarlo y el dedo se alarga en la noche en una mala película de horror. Entonces el detective se despierta súbitamente como si lo hubieran tocado con un dedo filoso. En la pieza todo es oscuridad. Prende el velador y pasea la vista. Nada. Pero siente que algo. Una presencia, una invisibilidad, aire convertido. Pero nada. Solamente una mosca. Una mosca que parece dibujada. Un carboncito levitando. Una mosca que le habla. Es ahora o nunca. Muerto este perro se acabó esta rabia. El detective le contesta mudo que ese perro ya murió en el pasado. La mosca se ríe a la manera de las moscas. El detective se despierta súbitamente como…

Amanece en González Satán. Igual que en cualquier lado. Las cosas van adquiriendo color. Los seres diurnos se van desperezando y los nocturnos se esconden en las fisuras del día.

miércoles, 12 de octubre de 2016

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¿CUÁNTO TIEMPO PUEDE PERMANECER UN GRITO EN EL OÍDO?


El detective durmió mal. Lo despertaron disparos verdaderos y gritos del pasado durante toda la noche. ¿Cuánto tiempo puede permanecer un grito en el oído? Se pregunta mirando su cara lavada en el espejo. La barba se asoma tímidamente ¿años? Quizás a un costado, chiquito, rebotando como en un flipper mudo, en los recovecos de la oreja, en los patios interiores de la arquitectura auditiva. La ropa caída que deja un sonido en el pasillo. Más agua fría y el detective piensa en otra cosa. La guerra del Acantilado, policías versus transas. Narcotraficantes de poca monta, linyeras de la droga. Los mariachis. Tres hermanos. Tres hermanos gordos que se hacen pasar por mexicanos. La brigada mató a uno de ellos y lo dejó desnudo con la cabeza metida en una boca de tormenta. Y así empezó la guerra de El Acantilado. El Acantilado es la villa más populosa de González Satán. Los mariachis eran tres y ahora solamente dos. Dos hermanos gordos que se hacen pasar por mexicanos. Las bandas se cruzaron en el bar El Hígado. Todos los jueves el puticlub es para uso exclusivo de la brigada. El detective escribe, subraya, tacha. El Dogo está herido de gravedad en terapia intensiva. El Dogo. El detective hace una pausa. Ese sobrenombre le revuelve las tripas. El Dogo murió por primera vez en el año 1978 en un tiroteo en plena dictadura. ¿Cuánto tiempo puede permanecer un grito en el oído?

miércoles, 5 de octubre de 2016

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UN CIGARRILLO IMAGINARIO


Pistas reales, pero también interesadas, defectuosas, mutiladas, lo llevan a hospedarse en el hotel París. Apenas cruza la puerta de entrada se le antoja que es el mejor de los peores hoteles de este mundo. En una de las paredes, del mismo clavo, cuelgan una ristra de ajos y un rosario. Un matrimonio arreglado, un contrato sin firmas, piensa el detective. Pide una habitación que de al frente, con ventana. Todas nuestras habitaciones tienen ventana le dice con orgullo la conserje, una mujercita tuerta, como si se colgara una medalla olímpica. El detective le apaga un cigarrillo imaginario en su único ojo. Sonríe y le dice que claro, que por supuesto. Le pregunta qué le pasó en el ojo ausente. Me apagaron un cigarrillo real, contesta la petisita. El detective ríe hasta que entiende que pregunta y respuesta no existieron. Suben una escalera oscura y húmeda. Claustrofóbica. Recorren un pasillo estrecho de paredes blancas y un techo al alcance de una cresta punk. En el piso hay huellas barrosas de un pie descalzo que desembocan en una puerta cerrada. Ellos siguen. El pasillo no es largo pero es como si se fuera estirando, desenrollando, a medida que avanzan. El detective quiere arrojar a la gorda que lleva en brazos por una ventana, por cualquier ventana. Pero no hay ninguna. No llevo a ninguna gorda en brazos, dice el detective y la petisita tuerta lo mira con la mitad del asombro con el que lo hubiera mirado de haber tenido los dos ojos. Mil años después llegan a la habitación. Una vez adentro y solo, abre la ventana y mira hacía enfrente. El viento hace que se sienta mejor, pero no mucho. Piensa en descansar un poco, algunas horas y después comer algo. Pero ya está dormido.      

miércoles, 28 de septiembre de 2016

80

PISTAS FALSAS


Todas las pistas son falsas, piensa el detective, aún las pistas verdaderas. Las moscas sobrevuelan la atmósfera del hotel París donde el detective se recluye. Se le antoja que el hotel París es el mejor de los peores hoteles de este mundo. Desde la ventana observa a los que entran en la sala de ensayo de enfrente, sobre la calle Persia. Reconoce al negro vestido con una túnica blanca. Qué túnica de mierda, piensa. Es el padre de la putita violada y asesinada en las montañas de basura. Está acompañado por dos más. Uno de ellos lleva su instrumento ¿un saxo? ¿un violín? en un estuche. El detective afina la vista, le parece que el otro acompañante, el guitarrista, es bizco. Ensayan durante dos horas y salen. Esto se repite todos los días. El detective hace cuentas revolviendo la sopa de letras, las letras son números en otro idioma. En el idioma de la razón y la verdad, razona. Llega la noche y golpean la puerta de la habitación. Es la encargada trayéndole la cena. Una petisita, tuerta. La imagina desnuda a caballo. Después sueña con atardeceres y tornados.    

lunes, 19 de septiembre de 2016

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SOPA DE LETRAS


Los camioneros son marineros de tierra firme, piensa el detective. Y la barba le va comiendo la cara. Una lógica desmesurada arma un rompecabezas sin sentido. Pasan los pueblos pisados por las ruedas del camión. Un padre mujer enamorado. Una chica hermosa ultrajada en unas montañas de basura. Un pibe que habla moscas. Un minotauro. El detective revuelve la sopa de letras buscando la pista, el abecedario real, y lo único que lee es la palabra HUIDA. Sabe que ya no podrá escaparse nunca, que a donde vaya llevará a González Satán. Y sigue revolviendo la sopa y las palabras que se forman lo pasean por los túneles y ve duendas que se ahogan, ve a una mujer enorme acurrucada en el corazón de la humedad, ve perros muertos. Se le ocurre que González Satán es una mala genética en el trazado urbano. Pero va más lejos y aparece un barco. El barco llega a una costa pantanosa y del barco bajan unos negros desnudos de ojos colorados. Sacan sus vergas y orinan en la tierra, orinan sangre bautizando la nueva geografía. Bajan fantasmas y ratas. Bajan cadáveres frescos. Baja una vieja harapienta afilando unos dientes de pescado. En una mano tiene un ratón sin cabeza. Y con la otra, pero esto el detective no lo puede ver, agarra la mano de un chico que baja entre las  moscas.